Soy tan especial…

He descubierto un hecho agradable: soy alguien especial.

Soy especial porque me gusta House MD. Es cierto, a un montón de personas le gusta House MD, pero a mí me gusta de un modo especial. Y eso me hace ser alguien especial.

Soy especial porque a mi celular le puse un ringtone de Metallica. Cuando me llaman, todo el mundo a mi alrededor se da cuenta de lo especial que soy. Y ese ringtone significa mucho para mí.

Soy especial porque la ropa que me pongo es única y exclusiva, al menos eso es lo que dijo Falabella en un cartel gigante que anunciaba: OFERTA EXCLUSIVA. Y yo fui y me compré esa ropa EXCLUSIVA en un intento vano de volverme alguien especial. Por supuesto, muchos otros tontos se compraron la misma ropa y ahora todos lucimos idénticos pero en fin: así es la gente especial.

Soy especial porque, a pesar de que mi vida es una mierda, tengo ensoñaciones fantásticas que me entretienen montones cuando me hundo en mi dolor. Y vaya que pienso weas…

Soy especial porque pienso y siento y hago cosas retorcidas, tan retorcidas que el mismo diablo pasaría por inocentón.

En resumen: Dios me hizo una criatura especial. Creo que Él puso especial énfasis en hacer de mí alguien único y extremadamente común. Gracias Dios, por el horror de tu creatividad.

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El Nacimiento de un Tonto Grave

Todos mis sueños y esperanzas se fueron al carajo la noche que perdí mi juventud. Lo que más temía, lo que siempre había dejado para mañana me estaba sucediendo aquella noche de insomnio y de dolor.

Ocurrió en un momento filoso, eso fue lo más terrible de todo. Como el paso del tiempo, que es un camión que se te viene encima y que no puedes detener con las manos desnudas, así me pasó cuando dejé de ser lo que me aferraba a ser. Sólo que a mí el camión me aplastó…

Lo supe al instante, de un modo tan claro como si un órgano interno me hubiese dejado de funcionar. Me dije: vamos, estás exagerando, eso a ti nunca te iba a ocurrir. Busqué en mi interior y noté algo curioso: no me hacía ninguna gracia lo que me estaba pasando. Era algo grave y ominoso, un momento trascendente de esos que parten la vida en dos. ¿Cómo podía tomarlo a la risa?

Alarmado, intenté hacer algo estúpido, algo inapropiado y realmente infantil. Escarbé en mi imaginación, pero nada sucedió. Me quedé inmóvil, petrificado y sin ideas absurdas, y fue entonces cuando supe que la cosa iba en serio…

Todo lo que pensaba eran cosas sensatas y llenas de sentido. Ya no recuerdo los detalles, pero me sentí conectado como nunca con la realidad.

Mi luto fue breve. Al dolor de la pérdida siguió una agradable sensación de responsabilidad. A decir verdad, nunca la había tenido tan clara: tenía mi vida en mis manos, sabía exactamente donde estaba parado y adónde quería llegar. Aprovechando el insomnio, armé un proyecto de vida ambicioso, pero completamente realizable en los 70 u 80 años que razonablemente esperaba vivir. Mi vida era un recurso valioso y todo lo que necesitaba era invertirla bien. Compraría una esposa, engendraría una casa y escogería un par de hijos preciosos y llenos de vigor.

Vaya que pensé esa noche… si hasta parecía un filósofo.

Por fin amaneció. Ahí estaba, justo enfrente mío, lo que más temía, la excusa terrible que me hizo madurar. El espejo, la casa vacía, mi cara de tonto y yo sin saber qué hacer.

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